miércoles, 30 de septiembre de 2009

Castro, el bandolero de Nuevo León y Tamaulipas. Parte 2.

El relato es un extracto del libro "A Texas Pioneer" (1910), las memorias de August Santleben. Éste último fue propietario de una línea de diligencias, que dio servicios de transporte y carga entre Monterrey y San Antonio entre los años de 1867 a 1877.

Segunda parte:

"...El encuentro tuvo lugar veinte millas al este del río Sabinas, en uno de mis viajes de regreso de Monterrey, y resultó totalmente inesperado. Divisé un grupo de hombres tendidos bajo la sombra de un bosque de huizaches, más o menos a doscientas yardas desde el camino, en la dirección hacia donde nos dirigíamos. El carro se movía lentamente subiendo una colina, y conforme acortábamos distancia, se nos acercó uno del grupo que veníamos observando. Reconocí a Castro de inmediato, al bajar de la diligencia, y nos saludamos con un cordial y efusivo apretón de manos, justo a mitad del camino. A su pregunta, de que, si lo recordaba, contesté afirmativamente y agregué, que estaba complacido de encontrarlo de nuevo. Le pregunté que me dijera si le podría ser de alguna ayuda. Me dijo que le gustaría solicitarme unos cuantos cartuchos que fueran apropiados para una carabina Spencer, si es que se los podía compartir. Le dije que sí podía, y me regresé al carro para tomar algunos de éstos. Cuando se los entregué, ofreció pagármelos, pero yo insistí que los aceptara como un regalo, asegurándole que aún contaba yo con una gran cantidad de éstos en mis existencias. Me lo agradeció con la mayor sinceridad y me invitó a acompañarlo a su campamento. Yo sabia que estaría seguro en su compañía, y no vacilé en acompañarlo. Sus hombres se pusieron de pie en cuanto nos acercamos, y fui presentado ante ellos como "Agustín el Correo". Todos me dieron la mano, pudiendo reconocer entre ellos, a varios de los que había visto en la primera ocasión, cuando los encontramos con el caballo que Castro había extraviado.

Eran un total de quince hombres, y todos estaban armados con carabinas Spencer y revólveres. Este tipo de rifles de repetición, eran los primero que habían sido introducidos en México, que utilizaban cartuchos metálicos.
 Castro era un hombre bien conservado, de aproximadamente cincuenta años de edad, y las edades promedio de sus hombres, aparentemente fluctuaban entre los treinta y cuarenta años. Todos estaban bastante bien vestidos, dando un aspecto muy decente y de buena apariencia. No tenían el aspecto del ladrón vulgar, que utiliza ropas llamativas, y que suele llenar sus monturas y bridas con adornos de plata. Estos por el contrario, montaban buenos caballos que además se veían en buenas condiciones.

Platicamos de muchas cosas, pero evité cuidadosamente hacer cualquier alusión a sus actividades, así como de mencionar a Santiago Tomas, el suegro del Dr.Serna de San Buenaventura, y la información que había recibido previamente de parte de éste, sobre la gratitud que Castro me dispensaba, porque ésto hubiera ocasionado que dedujera que estaba al tanto de su reputación. Castro nunca mencionó este asunto, y por el contrario me aseguró, que podía contar con su amistad y servicios hacia mi persona en cualquier momento. Desde luego se lo agradecí, y le prometí mi asistencia en cualquier forma que estuviera a mi alcance.





Los indios eran abundantes sobre la ruta en esos tiempos, y Castro me preguntó si no les temía. La respondí que no, pero que sí tenía temor de los ladrones. Me preguntó que si en alguna ocasión había tenido un encuentro con alguno de éstos, y le dije que sí, pero que afortunadamente nunca me habían molestado. Pasó entonces a cuestionarme sobre mis negocios, pues quería averiguar si mi línea de diligencias resultaba un negocio rentable. Le respondí que sí lo era, pues el Gobierno Mexicano me había otorgado bastantes concesiones y una amplia protección. Uno de sus hombres, me sugirió entonces, que no debía yo de tener demasiada confianza en el Gobierno de México, pues se dedicaba a arruinar y a oprimir a su gente, pero yo sabía porque se expresaba él de esta manera y no me sentí inclinado a discutir más el asunto.

 Cuando estaba listo para partir, les reiteré mi mejor disposición a servirles, de estar ésto a mi alcance, y les pregunté si podía hacer algo por ellos. Me dijeron que no, y me agradecieron con toda clase de expresiones de amabilidad. Todos los hombres me abrazaron, pero antes de que Castro también lo hiciera, desprendió un par de botones de plata de uno de los lados de su sombrero, y me los entregó, con la petición de que los conservara como un recuerdo. Éstos tenían una forma de campanilla y venían asegurados en placas de plata de una pulgada de ancho, los conservé conmigo durante muchos años...."

 "...Nunca volví a ver a Castro o a su banda en ninguna otra ocasión, pero poco después de este último encuentro, fui informado de que había asaltado a una diligencia de la línea internacional, entre la ciudad de México y Matamoros, a unas nueve millas al Este de Monterrey, en Santa Catarina, obteniendo un botín de diez mil dólares..."

"...Éste fue el último asalto que Castro cometió en Nuevo León o Tamaulipas de acuerdo a las autoridades Mexicanas, que lo persiguieron continuamente hasta echarlo fuera de estos estados.

 Castro no fue un ladrón común que tomaba de la gente indiscriminadamente, por el contrario, sólo aquellos que tenían en abundancia eran obligados a contribuir a sus demandas, y fue por demás generoso a la hora de distribuirlo entre los pobres. A consecuencia de ésto, los ricos le temían y siempre encontró un amigo y protector entre los necesitados. Evidentemente no sólo era agradecido, sino generoso, lo que le hizo tener un gran número de amigos. Tengo que confesar que me simpatizó desde nuestro primer encuentro cerca de la meseta montañosa conocida como "Mesa de Vidaurri".(Mesa de Catujanos). 



Castro, el bandolero de Nuevo León y Tamaulipas. Parte 1

El relato es un extracto del libro "A Texas Pioneer" (1910), las memorias de August Santleben. Éste último fue propietario de una línea de diligencias, que dio servicios de transporte y carga entre Monterrey y San Antonio entre los años de 1867 a 1877.

Primera Parte:

"...En la única ocasión en que tuve contacto con ladrones en México, fue en 1868, en uno de mis viajes de regreso de Monterrey. Sucedió a raíz de un favor que hice a un hombre que encontré a pie en territorio despoblado, invitándolo a tomar asiento en nuestra diligencia. Los únicos pasajeros que me acompañaban en el coche en aquella ocasión: eran el Dr. Félix de Monterrey, y Antonio Rivas de San Antonio, suegro del Dr.Chapa el farmacólogo, así como nuestro guardia habitual y el conductor. Conforme amanecía, transitábamos al pie de la meseta conocida como Mesa de Vidaurri, aproximadamente a veinte millas al noreste de Lampazos que también es conocida como Mesa de los Cartujanos.

El territorio alrededor de esta zona está constituido por una región estéril y me resultó sorprendente cuando Alex Gross, mi conductor desde Lampazos hasta Santa Mónica, llamó mi atención hacia la solitaria figura de un hombre de a pie, a poca distancia delante de nosotros. La presencia de un ser humano, solo en estos parajes, resulta inusual y es por demás extraordinario encontrar a alguien en cualquier época y en tales condiciones. Suponiendo que aquel hombre pudiera encontrarse en apuros, detuve la diligencia y lo conminé a que hablara sobre su situación. 

Era un mexicano correctamente vestido, de aspecto viril, lo que me hizo quedar favorablemente impresionado con su apariencia en general. Lo cuestioné sobre las posibles desgracias que pudiera estar enfrentando y le ofrecí mis servicios.



Pareció complacido con el interés que le manifestaba y de manera muy amable me informó que se encontraba en ese lugar a causa de que su caballo se le había soltado y había escapado del lugar. Agregó también que sus hombres estaban en persecución de éste en el camino que conducía hacia el Río Grande. Le cuestioné si sus hombres regresarían hasta este sitio por el camino que habían marchado, a lo que él me contestó: "...sí, porque resulta imposible viajar por otro camino..". Esto dicho a razón de que nuestra ruta conducía en esa dirección y resultaba seguro el encuentro con su gente.
Finalmente aceptó mi invitación con aparente satisfacción, y junto con él y sus pertenencias, incluidas las de sus seis hombres, fueron éstas subidas a la diligencia para reemprender nuestra jornada.

Iniciamos entonces una amena conversación con nuestro nuevo pasajero, a la que él respondió con equivalente amabilidad y corrección, sin embargo nunca me dio oportunidad de cuestionarlo sobre su persona. Todos hablamos libremente con él, sin embargo fue de escasas respuestas, resultando evidente que poco conocía sobre la situación imperante en todo el país o en Lampazos y los pueblos aledaños a la frontera. Su reticencia en lo que se refería a sí mismo nos resultó evidente, sin que esto evitara que nuestra conversación resultara agradable mientras viajábamos placenteramente cerca de dieciocho millas, antes de que viéramos a los hombres que buscaban a su caballo a la distancia.

El carruaje se detuvo y saqué mi catalejo, que tras ser ajustado al enfoque apropiado, pasé a mi compañero de viaje, este desconocía como utilizarlo, pero tras mostrarle como hacerlo, le fue posible identificar a sus hombres y al caballo que ellos seguían. El hecho de que hubieran capturado a su caballo, le resultó altamente gratificante de tal forma que cuando los hombres nos encontraron, suplicó a nuestro conductor que detuviera el carruaje. Después bajó y caminó hacia sus hombres hablando con ellos, pero nos resultó imposible comprender de que hablaban. Resultó evidente que les había hablado sobre las amabilidades recibidas de nuestra parte, pues avanzaron hacia nosotros y nos refrendaron el agradecimiento por todo aquello que habíamos hecho. Dicho esto recibieron sus pertenencias y tras decirnos mutuamente adiós, permanecieron en el sitio mientras retomábamos nuestro viaje.


Después de algunos minutos de ir por el camino, Alex Groos volteó hacia mi y me dijo, "...jefe, hay algo de este individuo que no está del todo bien...", no tuve más remedio que coincidir con él, considerando que yo mismo mantenía esa impresión después de haber tenido tiempo de calibrar a nuestro nuevo amigo durante las pocas horas que nos brindó su compañía. Pero el Dr. Félix y Rivas difería de nosotros y suponía que el hombre no era nada más que un próspero ranchero.

En mi viaje de regreso a Monterrey, fui informado por Santiago Tomas de Santa Mónica, que inesperadamente había entablado yo, una cálida y espontánea amistad con Castro, el famoso bandolero y asaltante. Me dijo que Castro había relatado las particularidades de cómo habíamos hecho amistad, y mantenía que no podía sentirse suficientemente agradecido hacia mi persona, estando dispuesto a brindarme sus servicios de cualquier manera en que le fuera posible hacerlo. Desde luego yo conocía de la existencia de Castro para aquel entonces, y estaba familiarizado con sus orígenes y correrías, pero jamás había sospechado hasta entonces que fuera todo un caballero. Con el paso del tiempo el incidente de nuestro encuentro, empezó a tener difusión, esto porque Castro no perdía oportunidad para relatar la aventura, recalcando la gratitud que sentía por la asistencia que yo le había dispensado en medio de un territorio tan salvaje.



Evidentemente era sincero, aunque creo que magnificaba mis servicios. Algunos de mis amigos, por el contrario, mantenían una creencia opuesta, y consideraban que la presencia de Castro en el lugar que lo encontré, había sido planeada con vistas a obtener información, para más tarde tendernos una celada, pero la forma en que se condujo cuando lo volví a encontrar cuatro meses más tarde, fueron prueba para mi que mantenían una opinión injusta sobre su persona.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La casa de Mina 718

En un rápido recorrido por el barrio antiguo de Monterrey, en busca de construcciones que aún conserven rasgos característicos de aquellas que pudieron haber sido edificadas antes del siglo XX, me topé con esta casa en la calle de Francisco Mina No. 718.



En cuanto a la herrería que protege las ventanas: no existen ni la forja, ni los emplomados o la ornamentación en base a fierro vaciado; sólo varillas atravesando barras planas de hierro y el gancho de la parte superior, de donde generalmente colgaba una planta. En lo que se refiere a los herrajes de las puertas: en lugar de las más modernas bisagras, aún conserva los goznes originales y una aldaba acompaña a una cerradura también de muy tosca elaboración. Las puertas fabricadas, si no me equivoco, en madera de mezquite, muy dañada por años de exposición a los elementos y a reparaciones que han contribuido a deteriorarlas aún más.



Sin ornamentación tampoco en las jambas y el dintel, con una acabado liso y sin ningún tipo de remate sobre el pretil.
Desafortunadamente el predio parece abandonado, y no hubo oportunidad de ingresar o de mirar a través de una ventana.



Recuerdo haber visto más construcciones por esta zona, en un recorrido que hice hace algunos años, pero no me fue posible localizarlas en esta ocasión. Espero que no hayan sido demolidas en años más recientes.
Ojalá y las autoridades del INAH ejerzan una vigilancia más estrecha sobre las intervenciones que se realizan en estas construcciones, que suelen pasar desapercibidas al ser menos monumentales, o tener una ornamentación menos elaborada que otros edificios o casas.
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sábado, 26 de septiembre de 2009

El tesoro bajo la catedral inconclusa de Monterrey.

Santa Bárbara por José de Alcíbar, c.1785
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Transcripción de el sobretiro de Humanitas No.14
UANL 1973
El obispo Llanos y Valdez consagró la catedral y dio misa, para más tarde dirigir una alocución a los presentes, continua el documento:
"...Concluida ésta " se canto la letanía mayor, y puesto su ilustrísima de pontificial se bendijo el tesoro y caja de piedra, muy bien trabajada, en que se encerró, sirviéndolo en una fuente de plata el caballero don Manuel de la Rigada" a quien había nombrado padrino el señor obispo. El tesoro estaba integrado por monedas de oro y plata de las vírgenes de Guadalupe, de los Remedios, de San Juan de los Lagos y de Zapopan y medallas de los mismos metales, grabadas por distintas ciudades, en conmemoración de la proclamación del rey Carlos IV. Se incluyeron asimismo toda clase de monedas de cuño mexicano correspondientes al año de 1794 y una cajita con tres láminas de octavo, con las efigies del Papa Pío VI, el rey Carlos IV y el obispo Llanos y Valdez, pintadas por el maestro don José Alcíbar..."